Crèixer en misericòrdia

¿Hacer boicot?

En la serie “Merlí”, que va ya por la segunda temporada con gran éxito en TV3, el protagonista, profesor de Filosofía y tutor de alumnos de 1º de Bachillerato, propone a su curso hacer un boicot a una campaña de recogida de alimentos que organiza el AMPA de su instituto. En una de las clases les dirige el siguiente razonamiento:

“¿No será que lo que nosotros pretendemos es sentirnos bien con nosotros mismos? Esta campaña solo sirve para limpiar conciencias. Nosotros padecemos las consecuencia del enriquecimiento de algunos. Y, en lugar de pedirles explicaciones, nos convertimos en Hermanitas de la Caridad. ¿Por qué hemos de cumplir nosotros la penitencia de los que han organizado todo esto?... Nosotros pagamos impuestos para garantizar alimentos básicos para todos. Si alguno pasa hambre es que están gestionando mal los impuestos. No pienso poner un euro para arreglar lo que ellos han destrozado”.

¿Limpiar conciencias? ¿Solo compromisos puntuales una vez al año? ¿Tendríamos que cuidar más la dimensión profética y denunciar las injusticias? ¿Se puede hacer un boicot de este tipo?

Ante la necesidad de los que sufren y necesitan de pan, no podemos quedarnos de brazos cruzados sin actuar. La urgencia es la urgencia. Y si alguien tiene hambre hemos de “darle de comer”. Pero eso no quita para poner en cuestión los sistemas económicos que subordinan la dignidad de las personas. En este sentido la Doctrina Social de la Iglesia no se cansa de denunciar las injusticias. En un discurso con un amplio eco, que dirigió el papa Francisco en el marco del Encuentro Mundial de Movimientos Populares, advertía:

“La otra dimensión del proceso ya global es el hambre. Cuando la especulación financiera condiciona el precio de los alimentos tratándolos como a cualquier mercancía, millones de personas sufren y mueren de hambre. Por otra parte se desechan toneladas de alimentos. Esto constituye un verdadero escándalo. El hambre es criminal, la alimentación es un derecho inalienable. Sé que algunos de ustedes reclaman una reforma agraria para solucionar alguno de estos problemas, y déjenme decirles que en ciertos países, y acá cito el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, ‘la reforma agraria es además de una necesidad política, una obligación moral’ (Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, 300)”. 

Estar de parte de los pobres, alzar la voz de los que pasan hambre, conlleva unas consecuencias muy claras que pueden llegar incluso al martirio. Mostrar los rostros que produce la “cultura del descarte”, poniendo al descubierto a aquellos que llevan a crucificar a los pobres es peligroso pero necesario. Se termina el “alabar la Iglesia pobre para los pobres”, para pasar a convertirse en una Iglesia perseguida, mártir. Con fuerza expresaba significativamente el obispo brasileño Helder Cámara: “Si doy pan a un pobre me llaman santo, pero si pregunto por qué un pobre no tiene pan, me llaman comunista”.

Fernando Cordero ss.cc.