Viure la misericòrdia

Abrazar el dolor del otro

Quizá esta expresión nos ayude a acercarnos a algo un tanto escurridizo para las palabras como la vivencia de la misericordia que realizó y nos transmitió Juan de Dios.Lo hizo casi sin palabras, sobre todo con acciones y gestos, sirviendo y abrazando la realidad dolorosa de quien se cruzaba en su camino. Lenguaje universal, que todos entendemos, necesitamos y anhelamos, máxime cuando pasamos por situaciones de sufrimiento. Su vida es la que habla un lenguaje de misericordia. Abrazo transformador que se traduce en contacto, cercanía, mirada y ternura. También en profesionalidad, resolución, ayuda. Reflejo de la misericordia de Dios en la vida de Jesús, en Juan de Dios y en tantas personas que siempre y también hoy siguen siendo cayado y abrazo del dolor ajeno. Es carisma de hospitalidad, la herencia de la misericordia de Juan de Dios.

La misericordia comporta capacidad para sentir la desdicha de los demás. Nada fácil, pero muy humano. Pasar por el corazón lo que nuestros ojos ven y nuestros oídos escuchan. Aunque nos duela, sin endurecernos ni acostumbrarnos. Abrazar es detenerse, es mirar, casi contemplar, es concentrarse en el otro para compartir con gratitud, sin apropiársela, su realidad sufriente. Es la prolongación de la mirada y de la acción de Dios a través de quienes se dejan empapar de Él y reproducen, como Juan de Dios, una imagen palpable del Dios comprometido en quien pasa necesidad. Abrazar el dolor del otro es abandonar espacios de confort. Es salir de uno mismo para, como el buen samaritano, reconducir la ruta y modificarla por algo más importante que todos los quehaceres, por alguien que sufre y lo pasa mal. Una asignatura pendiente para en nuestras vidas tan programadas y ordenadas, llenas de prisas y obligaciones.

La misericordia de Juan de Dios, de la que nos queremos contagiar y queremos compartir, es la desmedida de la bondad hacia el “otro”, sea quien sea y venga de donde venga. Es la intencionalidad de “hacer el bien, bien hecho”, como aprendimos de él y de sus seguidores. Y algo importante: hacerlo de parte de Dios, que nos regala y es fuente de misericordia y hospitalidad. n

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HNO. JOAQUIM ERRA