Viure la misericòrdia

Las cartas de la hermana Fidela

Francisco, en la bula de convocatoria del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, nos conduce al origen de las obras de misericordia, que pueden convertirse en un auténtico revulsivo para nuestro adormecimiento: “Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina” (Misericordiae Vultus, 15). Esta propuesta supone un verdadero test para manifestar cómo es nuestra actitud como discípulos, contrastándonos con el célebre texto de Mt 25, 31-45: “porque tuve hambre y me disteis de comer…”. El epicentro de las mismas está en el corazón del Evangelio, que enciende la pasión por vivirlas: “Dichosos los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia”. 

El papa concreta algunas cuestiones que hemos de unir al examen que se nos hará al final de la vida: “si ayudamos a superar la duda, que hace caer en el miedo y en ocasiones es fuente de soledad; si fuimos capaces de vencer la ignorancia en la que viven millones de personas, sobre todo los niños privados de la ayuda necesaria para ser rescatados de la pobreza; si fuimos capaces de ser cercanos a quien estaba solo y afligido; si perdonamos a quien nos ofendió y rechazamos cualquier forma de rencor o de odio que conduce a la violencia; si tuvimos paciencia siguiendo el ejemplo de Dios que es tan paciente con nosotros; finalmente, si encomendamos al Señor en la oración nuestros hermanos y hermanas” (MV, 15).

Sin embargo, hemos de advertir que las obras de misericordia no han de ser catorce, sino tantas cuantas necesidades encontremos en el camino. Tampoco debe hacerse una distinción tan radical entre corporales y espirituales.

Por otra parte, no es tanto cuestión de hacer, sino de ser. No basta con hacer obras de misericordia: ¡hay que ser misericordiosos como el Padre! Ahí está el reto. Es posible que muchas veces, quizá la mayoría, no podamos hacer nada, pero siempre podemos sentir, estar y compartir misericordiosamente. Así lo entiende la hermana Fidela, religiosa de los Sagrados Corazones,  que, a sus noventa años de edad, escribe cartas a personas que ha ido conociendo a lo largo de su vida, en ellas transmite un mensaje de alegría, esperanza, de interés por los destinatarios. Como tiene problemas con la cadera, una hermana le compra los sellos y le echa las cartas al buzón. Cada día escribe muchas cartas. Ahí ha encontrado una manera de expresar su ser y de contagiar el espíritu de la misericordia.

 Fernando Cordero ss.cc.